sábado, 17 de enero de 2009

David Lynch x Tres



Lynch 1
: Imágenes para interpretarnos.

Nota publicada en
Revista Erre! Año
3 - #10 (05/2008)





"Decididamente no soy cantante pero, en el mundo digital, con tantas artefactos y tanta ayuda, empecé a cantar. Es un experimento emocionante. Voy a hacer un álbum de blues."


"Yo me siento inspirado cuando miro Ocho y medio, La strada o Sunset Boulevard, que me conmueve el alma." David Lynch


No vamos a repasar la filmografía y/o biografía de David Lynch (Montana, 1946). Más fácil es encontrar los datos en Internet. Lo que sí vamos a hacer es intentar adentrarnos, desde el más caprichoso itinerario, en territorio lyncheano.

"Un pequeño acontecimiento puede convertirse en la más bella o la más horrible de las historias".

David Lynch es una oreja rebanada.
La que se descubre ante el espectador encantado por las imágenes iniciales de Te
rciopelo azul (Blue Velvet, 1986). Hermosas y en rallenti, con bomberos que saludan al pasar, sin incendios que apagar, mientras el agua riega los jardines que las segadoras cortan. Pero la oreja está allí. Entre el césped. Cortada por alguien. Arrancada a alguien.
A partir
de allí la trama detectivesca, la historia de amor, la pesadilla. Para terminar con pajaritos trinando, la felicidad recuperada, el misterio resuelto y -otra vez- un bichito negro en el piquito del pajarito cantor.
Qué es la oreja, qué es el bichito, qué es lo
que dice el enano de Twin Peaks… qué importa.
Porque aún cuando podamos encontrar, en algunos de sus films, una estructura más o menos clara, en Lynch el relato se construye desde la sumatoria de imágenes, desde su yuxtaposición. Desde lo que el propio director entiende como intuición. A ella somete al espectador. La intuición como guía. Sin ella no hay sueño. Tampoco cine. Es por ella que Terciopelo azul se
vuelve nuestra pesadilla o nuestro sueño mejor.
¿Recuerdan el capítulo piloto de Twin Peaks (1990)? ¿Cuando la madre de Laura Palmer percibe la suerte fatal de su hija? Son unos pocos segundos. De angustia, de tiempo detenido. Terrible. Como cuando soñamos correr y no avanzamos ¿Nunca les pasó, dormidos o despiertos, vivir segundos como momentos interminables?


"Como una nube malvada que flota en el aire y te indica de manera confusa que en esa casa algo anda mal. Hay gente adulta, todo parece normal, pero sentís que hay algo escondido, que en la casa reina un cierto malestar subterráneo que los que viven ahí no quieren que los demás vean...".

La reunión de productor y director del film (dentro del film que es Mulholland Dr. -2001-) se tensa cuando el primero se apresta a tomar el café espresso, su exigencia habitual, ante el semblante de horror del sirviente que espera. Pequeñez que nos sitúa al borde de la butaca.
Maldad latente. Pero también desprecio por conceptos maniqueos. En El hombre elefante (1980) predomina la respiración repugnante de John Merrick (John Hurt). Jadeante, babosa, carnal. Contrapunto que nos obliga a la toma de decisión moral, a adentrarnos -primera persona mediante- en el respirar mismo del personaje. A ser como él. A inha
lar su ternura. Nada hay aquí de lo que supondría una traslación biográfica anodina (como Shakespeare apasionado, como Una mente brillante). Sino blanco y negro, expresionismo, freaks, y dirección fotográfica de Freddie Francis (artesano del mejor cine inglés de terror).

"Entendemos todo, lo que pasa es que es difícil expresarlo en palabras".

Luego del film nos acompañará, para siempre, la angustia existencial de Merrick. Tan inexplicable y hermosa como las lágrimas que guardan los ojos de Richard Farnsworth y Harry Dean Stanton sobre el desenlace de Una historia sencilla (1999). Nada más preciado que reencontrar al hermano perdido en el tiempo.


"La casa a la que me mudé quedaba frente a la morgue, al lado de Pop's Diner. El área tenía un ambiente grandioso -fábricas, humo, autopistas, diners, los personajes más extraños, las noches más oscuras. La gente tenía historias cinceladas en sus rostros, y yo veía imágenes vívidas -cortinas de plástico sostenidas con curitas, harapos rellenando ventanas rotas- mientras atravesaba la morgue camino a un negocio de hamburguesas."

Lynch es también pintor. Francis Bacon y Edward Hopper son dos de sus artistas amados. Desde los cuales podemos adentrarnos tanto en el extrañamiento del bar nocturno como en el territorio vasto e interno de sus personajes. Quietud que guarda imágenes escabrosas. El tiempo que ya no funciona. El espacio que no guarda coherencia.


“Cada uno debe tener su propia interpretación. Y es que ni yo mismo cuando filmo sé exactamente cómo voy a proseguir. Tengo la impresión de que la película me transporta a donde ella quiere ir, casi como si tuviese vida propia.”


El detalle de la púa que raya el disco de Imperio (2006), como si fuese la imagen veloz de una carretera que se desplaza, mientras una mujer observa con lágrimas la imagen borrosa de un televisor, donde se entremezclan escenas familiares de conejos humanos, como una mueca absurda, la misma que sabrá aparecer oportunamente, con rostro p
ayasesco, capaz de desarticular los conceptos de alegría, de tristeza, de vida, de muerte. Estar dormido o estar despierto. ¿A quién le importa cuando es el otro lado del espejo el territorio que hemos decidido atravesar?
No habrá, para el espectador, mejor manera de acercarse a David Lynch que desde su costado más desguarnecido. No hay que prever nada. Sólo animarse a ser trasladado a otro lado, otro lugar, otra dimensión. Atroz y surreal. Animarse, en suma, a mirar a través del ojo de una cerradura interna. Llave que Lynch nos ofrece para, eso sí, arrojar luego a un lugar inencontrable.




Lynch 2:
Desgarrar el velo para poder mirar

nota publicada en Rosario/12 (15/10/2007)

Imperio (Inland Empire) EE.UU./Francia/Polonia, 2006. Dirección y guión: David Lynch. Montaje, Fotografía, Diseño de sonido: David Lynch. Intérpretes: Laura Dern, Jeremy Irons, Justin Theroux, Harry Dean Stanton, Diane Ladd, Neil Dickson, Julia Ormond, William H. Macy. Duración: 180 minutos.

Son muchas las expectativas y voces encontradas que Inland Empire obtuvo. No es para menos. Se trata del último film de, quizá, uno de los directores más inclasificables dentro de la historia del cine. Capaz de sensibilizar fibras íntimas tanto desde la lágrima como el horror. Au tor de una filmografía que expone distintas variantes desde las cuales poder abordar una ap reciación que conjugue cine, arte e industria: la total marginalidad que significa Cabeza borradora (1977), la colaboración difícil con la figura del productor (De Laurentis y el proyecto Duna), el éxito televisivo de la serie de culto Twin Peaks, la "normalidad" -mentirosa- que supone Una historia sencilla (que los medios calificaron, para tranquilizar y tranquilizarse, de "comprensible"), la transgresión de los géneros narrativos (¿dónde encasillar Corazón salvaje o Carretera perdida?), y la vuelta cíclica a aquella independencia absoluta de los primeros films.

Será por todo este camino recorrido que Lynch toma ahora para su beneplácita mirada tortuosa el mundo de Hollywood. Ya lo había hecho con El camino de los sueños (Mulholland Dr., 2001). Ahora reincide con Imperio. También con Laura Dern (coproductora del film, partícipe de aquellas experiencias inolvidables de título Corazón salvaje y Terciopelo azul), bajo la piel de Nikki, actriz que añora el éxito. Pero la oportunidad aparece. También la señal de alerta. Porque en la nueva película que protagonizará hay un asesinato. Así se lo dice la nueva vecina del barrio (Grace Zabriskie, admirablemente), a través de cuentos de hadas cifrados, que abren la puerta hacia la disrupción temporal. A partir de allí ya nada será como uno cree que debiera.

Pero ocurre que desde el inicio ya nada es lo que parece, cuando vemos en detalle la púa que raya el disco, como si fuese la imagen velo
z de una carretera que se desplaza, mientras una mujer observa con lágrimas la imagen borrosa de un televisor, donde se entremezclan capítulos de corte televisivo de una familia conejo, como si fuesen una mueca absurda, la misma que sabrá aparecer en contados momentos, con rostro payasesco, capaces de desarticular los conceptos de alegría y de tristeza. O de vida y de muerte. Estar dormido o estar despierto. ¿A quién le importa cuando es el otro lado del espejo el territorio que hemos decidido atravezar?

Ese otro lado que es también un túnel, o el orificio que atraviesa el velo para que el ojo mire. Y lo que mira, finalmente, es a sí mismo. De modo tal que el desenlace que tranquiliza no aparece, y la historia gira sobre sí todo el tiempo, mientras permite rememorar la cinta de Moebius que es Carretera perdida. Porque también nos podemos permitir pensar qué significa el tiempo para el cine, cuando la película de Lynch lo burla, lo deconstruye y, por ello, lo tematiza.

Entonces, como decíamos, nada es lo que parece. Tampoco el Hollywood Boulevard, donde florecen las veredas de estrellas en mosaicos, sobre las que Lynch riega tanto sangre como también el desamparo de los denominados "homeless". Allí va a pa
rar Nikki, asediada por la cámara y los aplausos del éxito, mientras se desgarra desde un alarido intestinal.

No habrá, para el espectador, mejor manera de acercarse a Imperio que desde su costado más desguarnecido. No hay que prever nada. Sólo animarse a ser trasladado a otro lado, otro lugar, otra dimensión. Atroz y surreal. Animarse, en suma, a mirar a través del ojo de una cerradura interna. Llave que Lynch nos ofrece para tirar luego a un lugar inencontrable.


"Tengo siempre la impresión de que un filme existe antes de ser hecho", enfatizó el director y añadió: "Sólo debemos juntar las piezas, los rostros, las palabras, los sonidos. Es un proceso mágico. Y así también sucede en la realidad. Aunque, para mí la comprensión es una abstracción que proviene de la intuición, la integración del intelecto y la emoción, del pensamiento y los sentimientos. Cuando estas dos facultades se fusionan, llegamos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible".


Una de los rasgos que distinguen a Imperio es la textura de sus imágenes de video digital. "Me encantó la experiencia. Es una belleza tener esa libertad de poder filmar y filmar. Vivimos en un bello mundo digital. Nunca volveré al cine. Para mi el cine está muerto. La calidad es bella, pero se deteriora muy fácilmente".



Lynch 3: David Lynch Arena: Ruth Roses And Revolver (1987)


Especial de la BBC donde Lynch habla de películas de vanguardia que adora. El nombre de su especial remite, de hecho, al episodio de Man Ray dentro del film Dreams that Money can't Buy (1947), de Hans Richter. Está sin subtítulos, pero que sirva como referencia para el acercamiento a un cine libre y vigoroso.


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